Dicen que Dios no usó herramientas, que todo brotó de su pura voluntad omnipotente. ¡Qué austeridad tan divina! Y, sin embargo, basta con susurrar hágase la luz para descubrir que ya había empuñado el martillo más viejo de la creación: la palabra. El verbo, disfrazado de no-herramienta, fue cincel y fuego, fue barro y código.
Negar la herramienta es ya usarla: el no siempre lleva escondido un sí como contrabando en su vientre. Y así, la nada jamás habla; solo el verbo, con su ironía luminosa, fabrica mundos a fuerza de pronunciarse
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